Los sentimientos también se educan

En mis artículos hago mención y llamamiento a la paciencia, a la constancia, al esfuerzo, a la dedicación, etc… y cualquiera puede pensar “como si eso fuera tan fácil” y yo sé que eso no es nada fácil. Yo tuve que aprender, cambiar y educar mi forma de ser, mis maneras, mis sentimientos, mis virtudes y mis capacidades.

Mi cambio tenía que empezar por el lado más personal y sentimental, porque según mis principios, consideré, que era la base más sólida de este cambio. Porque en todo cambio se necesita una base sólida y la mía tenía que empezar desde dentro hacia fuera. Yo era una persona solitaria, que adoraba el silencio y la tranquilidad, con sentimientos muy bien guardados en mis adentros, aunque, en ocasiones como si de un descuido se tratara, podría dejar que mis labios susurrarán un “te quiero” disfrazado de “yo también”, las muestras de cariño eran restringidas y en ocasiones era un desastre que metía la pata en cuanto a formas y maneras de contestar. Estando contenta volvía loco a cualquiera, y, estando triste me tenían que sacar las palabras a cuenta gotas.
Cuando fui madre comprendí que esta forma de ser tan particular, no era lo que un bebé necesitaba, y estaba convencida que dentro de mi había una voz encerrada que guardaba muchos “te quiero” ansiosos de salir a la luz, y que tímidos abrazos y un ejército de besos estarían felices de tener un papel importante en la vida de ese precioso bebé. Pero, cómo hacerlo si no me salía, si yo no era así (pensaba), cómo levantar esa barrera que nos separaba. Mis sentimientos me hacían mucho daño, porque en ocasiones llegué a pensar que no era una buena madre si no era capaz de ser cariñosa. Pero, allí estaba el padre de mi hijo armado de amor e infinita paciencia, allí estaba él para apoyarme y ayudarme a cambiar. No sé si fue gracias a su madurez, o gracias a su gran capacidad de transmitir paz y tranquilidad, o el conjunto de todo junto al gran amor que nos tiene a su hijo y a mí. Recuerdo como fueron los primeros “te quiero” dedicados a mi hijo. Cada vez que le decía un “te quiero” me ponía nerviosa y un enorme escalofrío me abrazaba dejando paso a las lágrimas que bañaban mi cara un buen rato, y el padre de mi hijo me daba ese abrazo silencioso que tanto necesitaba. Estando a solas con nuestro bebé, le hablaba y lo acariciaba y le decía cuanto lo quería y yo miraba en la distancia para no entorpecer esa magia que él creaba, entonces cuando me veía me llamaba y me sentaba a su lado y con sus manos guiaba mis caricias hacia nuestro pequeño y le decía “esta es tu mamá y te quiere mucho y está aprendiendo a demostrártelo”. Conforme pasaba el tiempo me iba habituando a mi nueva forma de ser y me gustaba, porque despertó en mí, sentimientos que no conocía y nunca había experimentado y eso me hacía sentirme bien, incluso sentirme mejor persona.
Una vez pasada esta etapa, había que educar mi paciencia, que era algo limitada y necesitaba muchísima más. Mi hijo lloraba a todas horas, lloraba tanto que en ocasiones yo terminaba llorando con él, por no saber qué más hacer.
Había construido un templo muy importante que es el del cariño, el amor y abrazos que lo curan todo y pueden con todo, y por eso entendía que educar mi paciencia debía haber sido más fácil, pero, fue un proceso que también necesito su tiempo. La vida de un bebé pasa por muchas etapas y mi bebe (6-18 meses) hacía cosas difíciles de comprender (hasta el día que recibí el diagnostico TEA), cosas como que los juguetes debían de estar siempre en el suelo y no podía cambiar, ni mover, ni tocar un solo juguete porque, si lo hacía se despertaba ese gran genio que vivía dentro de ese pequeño y adorable bebé, genio, que siempre iba acompañado de un mar de lágrimas. ¡Qué horror! ¿Verdad? Aquí se necesitaba un mar de paciencia, porque ejemplos de estos hay cientos. Y una vez más con la ayuda, la templanza y el apoyo de mi pareja conseguimos superar poco a poco los retos diarios, porque, solo él ponía paz en medio de tanto caos, solo él era capaz de calmar el llanto de los dos y solo él sabía hacerlo todo agua pasada en un instante. El proceso para educar mi paciencia fue largo, precisamente por lo que antes mencionaba, la vida de un bebé pasa por varias etapas y después de esas etapas, la niñez reclama su turno, turno que venía acompañado de un diagnostico que nos cambió la vida, nos paralizó los planes y nos obligó a replanteárnoslo todo. Todo esto nos abrió unas nuevas puertas en nuestras vidas, que nada tenían que ver con lo que habíamos vivido hasta ese momento y nada tenía que ver con los planes de futuro que habíamos establecido. Esa nueva puerta que se abrió fue la puerta de entrada al universo TEA, puerta que en la entrada esta manchada de sentimientos de dolor, de mucha tristeza y pena, pero una vez cruzada se necesita: constancia, esfuerzo y dedicación y con amor y paciencia ese universo cambia, toma forma y puede llegar a ser algo maravilloso, satisfactorio y especialmente mágico. Cuando educas con amor y paciencia es más fácil aprender a ser constante y esforzarte.
Es verdad que he cambiado, pero, no me he convertido en otra persona, solo, que he cambiado para ser esa persona que necesitaba y necesita mi pequeño.
Animo a todo aquel que quiere cambiar que lo haga porque seguro que en su vida hay algo que valga la pena el cambio, aunque el proceso sea difícil. El amor y la voluntad mueven montañas, aunque en ocasiones esas montañas son nuestras propias limitaciones, o nuestros propios sentimientos.

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